NECESITO TENERLO TODO CONTROLADO.
MI RIGIDEZ ME ENFERMA

Imagina que un niño vive en medio de un bosque muy frondoso. Allí sus abuelos construyeron una cabaña de madera. La hicieron con los medios que tuvieron a su alcance. Talaron los árboles, hicieron los cimientos, fueron cubriendo el suelo y las paredes con la misma madera de los árboles de aquel bosque.


Sus padres pusieron las cortinas, muebles nuevos y los colchones donde poder descansar en las noches de aquel lugar. Pero no cuidaron de la cabaña durante aquellos años. Esto hizo que en los largos inviernos, el niño pasase mucho frío, humedad y el viento lo asustase, cuando había tormenta. Muchas veces oía discutir a sus padres por tener que arreglar las ventanas pero al final nunca se hacía. El niño intentó arreglar la ventana, tapando las grietas con unos trapos, pero en la siguiente tormenta volvían a caer.


Pasaron los años y aquel niño, ya adulto vive solo en su cabaña.


Un día de invierno, en pleno mes de enero, a lo lejos ve un cielo muy oscuro, negro, cargado de agua. Está asustado, no sabe si irse al poblado más cercano a refugiarse o quedarse en su cabaña. Decide quedarse. Cierra la puerta, todas las ventanas y empieza a llover. Llueve y llueve, en el tejado se escucha golpear la lluvia. En una esquina de la cabaña, nota cómo empieza a entrar agua, un hilo fino pero que moja el suelo. Se mueve inquieto de un lado para otro, no sabe qué hacer, está preocupado.


En la despensa, arriba del todo, olvidado, ve un tarro que pone “Resina”. Lo abre, es muy densa, saca un poco con un cuchillo y subiéndose en una silla, tapa el agujero por donde entra el agua. Tapona la entrada y la gotera se controla. Muy sorprendido, respira aliviado.


Al día siguiente, y por temor a más goteras, pone Resina en todas las rendijas que ve entre las maderas de su cabaña. Tanto es así que, puede estar comiendo, dejar de comer y levantarse a poner Resina en otro mini agujero que se le había “escapado”. Cenando, leyendo, a punto de irse a dormir.


Decide revisar una a una cada junta de madera, cuando acaba, se propone revisarlas cada semana, los lunes sin falta antes de ir a por comida al pueblo.


Pasó mucho miedo el día de la gran tormenta, la Resina le alivió el problema y ahora la usa para todo. Le alivia y acumula latas y latas en su despensa, bien a mano”.


¿La causa del control es el descontrol?


Aunque pueda parecer contradictorio, haber sentido inseguridad, caos y desamparo, puede hacer que necesites, para aliviarte, tenerlo todo controlado.


En tu vida te ha podido faltar apoyo, seguridad, viviste momentos de muchos cambios, de tener que hacerte cargo de los demás y sentir que ibas a la deriva.


Desde pequeños nacemos vulnerables y son nuestros cuidadores los que nos alimentan, cuidan y protegen. Nuestras experiencias infantiles nos marcan. Cómo nos han hecho sentir de protegidos y valorados va a determinar cómo me enfrento luego como adulto a mi vida. Además, si a nuestros padres o cuidadores les vimos capaces o no de hacer frente a los gastos, tareas, problemas e imprevistos. O si más bien fueron descuidados, negligentes, y sentimos que se evitaban los problemas, que luego trajeron consecuencias y vivencias difíciles.


Además, sentir que dedicaron tiempo a enseñarnos el mundo adulto con responsabilidades y obligaciones. Necesitamos sentir que somos capaces y sabemos gestionar nuestras emociones, a la vez que saber resolver situaciones nuevas, imprevistos y golpes duros que da la vida.


Si no ha sido así, es fácil que sientas angustia, miedo, inseguridad e incluso culpa de cómo has resuelto el problema o la situación surgida.


Falsa sensación de control

Y para poder “sobrevivir” a tales experiencias vamos creando nuestros propios recursos.


Los recursos son aquellos “instrumentos” que usamos para resolver y gestionar. Por ejemplo, la Resina del cuento. O si llevas una agenda, donde apuntas todo lo que tienes que hacer, incluso con meses de antelación y no puedes saltarte nada de lo fijado. O necesitas llamar varias veces a tus padres, para saber si están bien. Lavarte las manos con frecuencia, por si te contagias. Quizás repasar una y otra vez las tareas de tu trabajo. O acumular alimentos, por si viene una crisis.


Son formas que todos usamos en menor o mayor medida para aliviar el miedo y el malestar. Nos dan sensación de control en el día a día y sobre el futuro. Nos ayudaron y nos sirven. El problema empieza cuando aun así sufrimos, tenemos angustia y miedo. Cada vez lo hacemos de forma más rígida y si no, sentimos descontrol.


Y entonces ¿qué solución hay?

Y ahí está en su cabaña, cada vez más aislado, preocupado por si empeora el tiempo y con su Resina en la mano”.


Conocer tu historia, si sirvió en un momento dado empezar a tenerlo todo bajo control, qué usas para evitar ese descontrol. No es necesario que lo cambies todo, pero sí que mires hacia dentro y que la seguridad sea en ti mismo.


Para conseguir que te sientas más seguro, te propongo que:


  • Fomentes y valores lo que se te da bien. Reconócelo y tenlo presente cuando veas que pasan cosas y con tus cualidades eres capaz realmente de afrontarlo.

  • Para aquello que te cueste más, primero conocerlo y aceptarlo sin juicio. Ver si se puede aprender o mejorar.

  • Si no es así, puedes optar por pedir ayuda a tu gente cercana, a un profesional concreto (si necesitas un informático, un fontanero, un gestor)

  • Busca la ayuda de un psicólogo como guía para todo este autoconocimiento y como “bastón” en la gestión de tu malestar y tus miedos.

  • Flexibiliza, no uses “Resina” para arreglarlo todo. Ayúdate de lo que te da control pero atrévete a improvisar, probar herramientas nuevas y confía también en tu intuición y sentido común.


Y para mí como recurso más importante….


Reconcíliate contigo mismo y cambia la perspectiva…


La cabaña es segura, no es perfecta pero ha sobrevivido todos estos años. Puedes refugiarte en ella. Tus vecinos y los expertos del pueblo pueden saber qué hacer cuando vengan tempestades. Y mírate, resolviste, arreglaste y pudiste, ¡eso es real!, ¿porque no confiar en que cada vez seas más capaz?”.


Y como me explicaba hace años una paciente, tras trabajar juntas en su malestar, que aliviaba con lavado de manos frecuentes: “Sé lo que me pasa, cuando tengo miedo, estoy estresada, cansada, me lavo las manos alguna vez, no tantas veces como antes. No soy dura conmigo misma por ello. Pero sé que además puedo ser más consciente de lo que me preocupa, si hay solución o no, y si la hay, verme capaz de intentarlo y de fallar, sin sentirme culpable”.



Noemi Balada

Licenciada en Psicología por la Universidad Central de Barcelona, con Nº de Colegiada M-16.992
Profesional de la Psicología, con amplia experiencia y formación, de Orientación Cognitivo-Conductual.

Colaboraciones en El Progreso


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