Si te notas inquieto, preocupado desde hace un tiempo, puede ser que estés sufriendo un trastorno de ansiedad. En algunos casos es más o menos llevadero, en otros, puede derivar en una crisis de angustia o ataque de pánico y en otras ocasiones, convertirse en un estado crónico de estrés.
La ansiedad es un mecanismo de defensa que el ser humano posee desde que vivía en las cavernas y que nos servía para que, ante una situación de peligro, luchásemos o saliésemos corriendo, todo ello con el fin de salvaguardar nuestra vida y la de los nuestros. Actualmente, mantenemos este mecanismo, pero que en las condiciones actuales suele ser desproporcionado y perjudicial cuando nos resta concentración, rendimiento, sueño, etc.
La ansiedad se manifiesta a nivel físico (palpitaciones, taquicardias, sudor, ahogo…), motor (inquietud, incapacidad de estar quieto) y a nivel cognitivo o de pensamientos (preocupación, tremendismo, exageración). Cuando notamos estos síntomas, y si son intensos y duraderos, es beneficioso atacar todos los frentes.
Es importante conocer desde cuando te ocurre, si es debido a un hecho o situación concreta, conocer qué te estás diciendo a ti mismo (“Esto es horrible…”, “Y si me ocurre…”, “No voy a salir…”), que hará que tu cuerpo responda en función de la amenaza que estás sintiendo, por eso notarás agitación, unido a unos síntomas a nivel físico muy llamativos e incapacitantes, que a su vez aumentarán tu estado de agitación y de preocupación.
Salir de este bucle es posible, analizando tus pensamientos, tus comportamientos y eligiendo las líneas de actuación adecuadas a seguir.
